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El hombre que
plantó árboles y creció de felicidad |
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Adaptación libre del cuento de Jean
Giono
Textos: Maite Marqués
Dibujos: Raúl Urquiaga
Realizado por GRAMA, en la convicción de que
con nuestras pequeñas acciones es posible cambiar
el mundo.
Este trabajo está dedicado a todos
los pequeños "grameros" porque ellos son nuestro futuro;
a ARBA por llevar más de 20 años
sembrando felicidad;
a todos los que dedican su tiempo y su esfuerzo por
conservar y recuperar nuestro medio natural.
Madrid, en el invierno de 2006
Puede ser reproducido por cualquier
medio, para eso está hecho, pero siempre que sea sin ánimo de
lucro e indicando la autoría de los textos y dibujos.
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Hace muchos años, a principios del siglo pasado, Juan hizo un
viaje atravesando unas montañas que la gente apenas pisaba.
Al principio de su camino, le sorprendió la falta de color y de
vida del paisaje.
Tras caminar varios días, encontró un pueblo abandonado
en el que pasó la noche. Necesitaba agua y se puso a
buscar una fuente por las calles del pueblo, pero lo
único que se encontró fue una fuente seca.
El viento soplaba feroz, y
como no parecía que en la zona fuera a encontrar un poco
de agua para beber, decidió seguir el camino. Tras horas
y horas de caminata, vio a lo lejos la silueta de algo
que parecía un rebaño de ovejas. Se acercó y se encontró
con un pastor llamado Remigio. Muy amable, Remigio le
ofreció su cantimplora y le llevó a su cabaña.

La cabaña era una pequeña
casa de piedra reconstruida por el propio pastor. Se
veía fuerte y sólida. El interior estaba muy limpio y
ordenado. Le invitó a cenar una sopa que estaba
hirviendo en el fuego. Tras la cena, Juan le pidió
que le dejara quedarse a dormir esa noche ya que los
pueblos más cercanos estaban a más de un día de
distancia.
Los pueblos estaban
habitados por carboneros y leñadores. Entre ellos se llevaban mal
y deseaban trasladarse a la ciudad. No estaban cómodos
en
sus hogares porque el ambiente desértico, el viento que
soplaba constantemente y la falta de trabajo, les ponía
de mal humor. El bosque era quien les proporcionaba el
trabajo y éste, había desaparecido, con lo que la
forma de ganarse la vida también. |
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Antes de ir a
acostarse, Remigio sacó una bolsa de bellotas y las vació en la
mesa. Con mucho cuidado separó las buenas de las malas.
Eliminaba las que eran muy pequeñas y las que tenían grietas.
Las que iba seleccionando las metió en un barreño con agua.
Cuando consiguió 100 bellotas en buen estado, se fue a dormir.
Al día siguiente,
por la mañana, llevó su rebaño a pastar. A Juan le produjo mucha
curiosidad todo lo que hacía Remigio y decidió acompañarle.
Remigio dejó al rebaño pastando en el valle y subió a lo alto de
un monte.
Allí clavó su bastón en el suelo y luego metió una bellota de
las seleccionadas la noche anterior, en el hoyo. Luego tapó el
agujero con tierra.
Estaba plantando robles.
Había estado plantando 100 árboles al día desde hacía
tres años.
¡Ya
había plantado100.000! Remigio estimaba que sólo unos
20.000 habrían brotado y que de éstos llegarían a
adultos la mitad. El resto se los habrían comido
distintos animales, o habrían muerto por exceso de frío
o de calor.
El pastor le contó a Juan que tenía pensado
seguir plantando a diario el resto de su vida, y
planeaba seguir con hayas y abedules en los valles.
Remigio pensaba que la tierra estaba empobrecida por la
ausencia de árboles y se había propuesto cambiar esta
situación. Ésta iba a ser su misión en la vida. A la
mañana siguiente, Remigio y Juan se separaron.
Un año después,
comenzó la Guerra Mundial. Juan se vio obligado a participar en
ella.
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Tras la lucha y
destrucción que ocasionó la guerra, Juan tenía un gran deseo.
Quería volver a la tierra donde había estado en su viaje, de la
que recordaba su paz y su tranquilidad.
Afortunadamente, la guerra no afectó a esta comarca. Acabada la contienda, Juan
volvió de nuevo a las montañas y, con gran alegría, se
encontró con Remigio. Apenas había envejecido.

Ahora
solamente tenía cuatro ovejas, ya que el rebaño
perjudicaba el crecimiento de los árboles jóvenes porque
se los comía. Ahora se dedicaba a la apicultura y ya
tenía cien colmenas. Los robles que plantó al principio
tenían ya 10 años y eran más altos que Juan y
Remigio.
Mientras paseaban
por el bosque, Juan, con gran asombro, le daba vueltas a al idea
de que los hombres no solo eran capaces de destruir, como en la
guerra, sino que también eran capaces de crear. Admiraba a
Remigio por la labor que había hecho solo con sus propias manos.
Remigio le mostró
las hayas y abedules que había plantado en los valles en los que
él pensaba que había humedad.
No
sólo habían crecido árboles, sino que la naturaleza del lugar se
había transformado: el agua corría por los riachuelos que antes
estaban secos, el viento había esparcido las semillas y habían
brotado sauces, prados, juncos, jardines, flores,…
La transformación
fue tan lenta que a nadie se le ocurrió que se debiera al
trabajo del pastor.
Años después, unas
personas encargadas de la conservación de la naturaleza fueron a
ver este bosque, que otros pensaban que había aparecido
espontáneamente. El bosque había seguido creciendo.
A los árboles se
les sumaron muchos arbustos y plantas de todo tipo. Los animales
encontraron cobijo en toda esta vegetación y se quedaron allí a
vivir.
Debido a su
belleza y valor, decidieron proteger el bosque, prohibiendo,
entre otras cosas, la obtención de carbón a partir de los
árboles, la caza y hacer fuego. |
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Comenzó
entonces la II Guerra Mundial. El bosque pudo haber estado en
peligro si hubiera estado mejor comunicado con las grandes
ciudades.
Muchos otros
bosques fueron talados para usar la madera como combustible en
el transporte utilizado en la guerra.
Pero no fue el
caso del bosque de Remigio. Él vivió en su cabaña sin enterarse
de la guerra y, mientras, siguió plantando a diario
tranquilamente.
Años después, Juan
regresó a aquellas tierras a ver a su amigo Remigio.
Se sorprendió por los nuevos cambios.
En primer lugar, la manera de llegar al pueblo donde
llegó en su primer viaje: un autobús unía ahora el valle
con la montaña.
El agua corría por los riachuelos y los arroyos y se
había construido una fuente de la que manaba agua, en
donde hace años se encontraba la fuente seca.
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Las casas se restauraron,
estaban rodeadas de jardines y flores. Se cultivaban
cereales en los campos y el color verde de los prados
brillaba en el fondo del valle. Los pueblos cercanos se
habían rejuvenecido. De nuevo había niños, debido a que
muchas personas se instalaron ahí porque ahora era una
zona rica en recursos. Los habitantes vivían de la
naturaleza, aprovechando de ella la tierra, el agua, sus
frutos… Usaban tan solo lo necesario del bosque, sin
poner en peligro su supervivencia.
Todo esto surgió gracias al
esfuerzo de Remigio, que no se cansó de seguir plantando
día a día y, aun con vida, pudo ver todo lo que creció.
No solo árboles, consiguió
que brotara felicidad.

Jugando a favor de la
naturaleza, ella responde positivamente. Si cuidas de la
naturaleza, ella cuidará de ti. |
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